Maravillas Posibles

Las joyas de Vicente Gallego

John Fairchild dice que el enorme éxito de Givenchy en los Estados Unidos se debe a que sus prendas convierten en una señora a cualquier zorra advenediza.

Con las joyas de Vicente Gallego ocurre algo ligeramente perecido pero de sentido contrario. Solamente una señora, una señora culta y refinada, además, una señora que esté de vuelta de todos los tics modernos, medios y antiguos que han convertido las artes aplicadas en tímidos ejercicios de comercialización, en una pura usura puede entender, aceptar y pagar (a precios muy módicos, esa es la verdad) estas creaciones colmadas de humor, poesía, ternura, mala índole, inteligencia, ingenuidad, enorme cultura y tremendo desparpajo.

“Cada una de mis clientas en una señora” protesta levemente Vicente Gallego y me pregunto si él sabe que yo sé que cuarenta y cinco años en el país más esnob de la Tierra —me estoy refiriendo a la Argentina, y en especial a Buenos Aires— le han dado grado de maestro en la sutil tarea de configurar un público en base a contundentes ejercicios de exclusión y de finísimos movimientos tácticos que nos hacen ver vestido a un emperador desnudo como un pez. “Son las joyas las que eligen a las señoras, y no al revés”, continúa, y concluye, con una cara de ángel a la que traicionan sus pícaros ojos azules. “Mis cosas son muy particulares y necesitan un cierto grado de conocimiento para poder ser apreciadas. En ese sentido, las piezas mismas se encargan de encontrar a sus destinatarias. Es muy misterioso, muy hermoso y muy emocionante.” Otra cosa que él no sabe que yo sé es que jamás muestra todo a todo el mundo y que la totalidad de sus piezas la han visto apenas esa media docena de señoras a las que él llama sus musas.

Hace la friolera de setenta y cinco mil años alguien, en Sud áfrica, pasó un cabo por un agujero practicado en una concha y se lo colgó al cuello. Perforar algo para hacer una cuenta y con ella un elemento de decoración corporal constituye un signo inequívoco de comportamiento humano porque documenta la existencia de un lenguaje capaz de transmitir el significado simbólico de los objetos.
Esta actividad sigue hasta nuestros días, en que pareciera que, en una especie de vuelta a las fuentes, todo el mundo se ha puesto a hacer bisutería, en Alemania, en Inglaterra, en Italia, en cualquier pueblo perdido. Comprar una tira de perlas, un cierre y un hilo —chinos, casi podríamos jurarlo— está al alcance de cualquiera y las ingentes cantidades de materiales que por todas partes se venden a diario en locales por lo que se pagan verdaderas fortunas, deben salir, sea como fuere. Eso crea lo que ahora se llama ‘un ambiente favorable hacia el producto’, que lleva, inexorablemente, a la necesidad de acceder a un artículo que cante una octava más alto, aunque sea interpretado en los mismos materiales. Y allí entran en escena las personas que hacen algo un poco diferente. Y los hay, también en cantidades ingentes, de entre los que se desmarcan algunos artistas de verdad. Sin lugar a dudas, Vicente Gallego es uno de ellos.

“Por el amor de Dios, no me hable de arte”, dice Gallego.“ Karl Lagerfeld dijo muy bien que ‘hacemos vestidos, no la Capilla Sixtina.’ En nombre del arte se perpetran cada día miles de pretensiosos mamarrachos verdaderamente horrendos y a muchas de las más hermosas joyas la palabra arte no las tocado siquiera.” Bien, convengamos que no es arte. Pero, entonces. ¿cómo explicar la magia de estas creaciones, aparentemente hechas sin casi respeto por las reglas del arte, que, sin embargo, pasan airosas la prueba de fuego fundamental de cualquier joya que se precie: no desentonan frente —o junto— a ninguna pieza —antigua, media o moderna— de joyería tradicional. He visto  un anillo de plata y esmalte convivir y realzar a un brillante de seis quilates: he visto vidrios de arqueología industrial junto a una pulsera Art Déco; he visto un collar enorme, de más de seis metros de largo acunar a una sarta de perlas tahitianas del valor de un Mercedes; he visto un medallón, apenas hecho, casi una creación natural, sobre un Valentino… Esto es lo que he visto y se lo digo a su autor, que me responde —aunque, no, no me responde en absoluto—: “ Ah, señora, la plata es un metal extraordinario y el vidrio es absolutamente mágico. A veces pienso que las cosas pasan a través de uno mismo, que uno no hace nada, que solamente se trata de apartarse para dejar que las cosas tomen su lugar. De todo lo que he hecho, creo que las joyas son en lo que menos he puesto mi voluntad, yo, que he resuelto mi vida a golpes de voluntad. A las joyas las he dejado pasar y mire lo que ha ocurrido.” No, no me responde; se ha escapado. Insisto. Le digo que si las cosas pasan es que vienen de alguna parte. ¿El sabe de dónde vienen sus cosas? El señor Gallego baja los ojos y sonríe. “Pasan, señora. Y ya está.”

Hablamos del “espíritu Chanel”. Él llama, por extensión, collares Chanel a unas enormes sartas en las que se combinan piedras talladas, cuentas antiguas de vidrio de Siria, perlas, corales… “Estos collares están escritos como música”, dice. “Hay que leerlos como una frase musical. Despliegan una simetría, se repiten. Retoman una idea… ¿Ve? ¿Se da cuenta de lo que quiero decir? Me doy cuenta pero no estoy del todo de acuerdo. Si bien el “espíritu Chanel” planea —y seguirá planeando— sobre las aguas un tanto estereotipadas de la bisutería moderna, obviamente comercial, en estos collares, “escritos como música” leo cosas diferentes. Cosas que tienen que ver con el tiempo, con el paso del tiempo, con el paso del tiempo sobre nosotros, sobre mi. Toco estas cuentas y me invade una enorme ternura. ¿Es de esta manera que las joyas de Vicente Gallego eligen a su destinataria? “Estos vidrios fueron encontrados en la playa. Para que tomen esta forma hacen falta unos ochenta años. Es maravilloso que ahora podamos tener una parte de una botella, de un vaso que alguien usó hace tanto tiempo, convertido en parte de otro objeto, de otra vida”. ¿Reciclar? ¿Reencarnar?

Vicente Gallego es, además, escritor. Firma sus obras literarias como Gallego Alcaraz, porque ya hay otro Vicente y porque quiere separar su faceta de diseñador. No sabe que he leído su última novela y una traducción italiana de su primer libro de poesía. Son libros tiernos y feroces que hablan del tiempo, de lo perdido y lo ganado, de que lo único que tenemos de verdad es lo que podemos recuperar. Frente a estas joyas me doy cuenta que el discurso de Gallego es el mismo. “Reciclar” resulta pobre, “reencarnar” presuntuoso. Tal vez el nombre del juego sea “recuperar”. Tal vez lo más exacto sea pensar en joyas recuperadas.

Recuperar, volver, traer. Sus joyas, como sus telas, nos hablan de un pasado remoto visto desde una modernidad absoluta, aunque Gallego no pretenda ubicarse en ninguno de los dos extremos. “William Morris ”, me dice, “no pretendía ser ‘moderno’, él sólo quería acercarse a los ideales de la Edad Media. Los ideales son, la mayoría de las veces, idealizaciones, pero, en materia de trabajo,la idea generadora es lo de menos, lo importante es el resultado.” Insisto con la idea del historicismo de sus creaciones. Él se alza de hombros, sonríe. “No lo sé, señora. Tal vez sean sólo parodias. Una parodia ayuda a plasmar lo que uno no puede solo. O, tal vez, mis cosas sean solamente una caricatura. Lo que me resuena más es que las joyas son una manera de objetivar experiencias que me han tocado, de sacarlas afuera. De Sri Lanka salieron unas piezas que nada tenían que ver con la orfebrería local, pero estaba el color, el clima de algunos santuarios, la riqueza de las piedras. De la China nacieron “Les Croquecigures”, que a mi me parecen modernísimos aunque la gente que los ha visto encuentra en ellos una carga histórica tremenda. Mis cosas más obviamente chinas no están inspiradas por la China real sino por la de “El último emperador”, el film de Bertolucci, exactamente de la escena de la muerte de la vieja emperatriz. Unos disparates inclasificables hechos con pedruscos de coral me recuerdan a los films y la música de Emir Kusturica, en los que no salen especialmente joyas, aunque ambos se encuentran en su desparpajo, en su ansia de libertad.  Es realidad, nada de lo bello nos es ajeno y a la hora de abrir las compuertas, todo lo que hemos amado nos llega a las manos y de alguna manera las dirige. Es la gente la que algunas veces encuentra un rasgo egipcio, o  griego. Esas reminiscencias que pueden tener las piezas despiertan, en muchos casos, las del espectador. Las joyas son terriblemente simbólicas y el símbolo pasa a través de nosotros sin que necesariamente nos demos cuenta”.

En sus cuadernos de notas hay apenas esbozos de ideas rápidamente fijadas, que conviven con frases que luego serán poemas, diálogos de novelas, artículos periodísticos. Gallego incorpora todo ese material en lo que llama sus “bocetos”, que son otra manera de contarnos la misma historia. Estos trabajos sobre papel, tienen el mismo clima que sus telas o sus joyas. Superficies en las que se adivina un gesto preciso que atrapa el instante. Con la cera pasa lo mismo que con el papel. Me impresiona ver sus huellas digitales integradas en un colgante. Ha quedado su gesto, la danza de sus manos sobre la cera que luego será metal. Hay una calidad temporal en ese pasaje. El paso del tiempo, el tiempo recuperado. Pienso en Proust y se lo digo. “¿Proust”, se asombra, “leo a Proust constantemente desde hace treinta años pero no encuentro una relación directa con mis cosas. En todo caso, trato de no hacer el ridículo poniéndome en tan buena compañía. Además, señora, ya nadie cita a Proust. En cuanto a las texturas, a la huella del proceso de creación, eso es algo que está muy presente en todo el arte. A mí personalmente me fascina encontrar estas pistas en las obras de otros. Y también dejar en las mías un hilo que indique el camino entre la partida y la llegada. Me resisto de borrar esas huellas que agregan información preciosa a una pieza. Aunque también me han dicho que lo mío es el arte de lo mal hecho.”

Vicente Gallego comenzó con su trabajo de joyería hace ahora tres años. Nunca pensó que tendría el menor éxito porque sus creaciones se desmarcaban demasiado del discurso general. Eran grandes, pesadas, exuberantes. Las hizo para él, las hizo porque sí, las hizo como mejor supo y pudo. Pero rebosaban talento y seguían un discurso personal alimentado por años de buen hacer dentro del diseño, avalado por un Oscar en 1996 por las telas del film “Restoration”, por obra en museos del Europa y América y por importantes colaboraciones –en 1997 John  Galliano usó sus textiles para ambientar su maravillosa colección de invierno–.
El señor Gallego comenzó a mostrar sus joyas a las amigas, y a las amigas de las amigas. No le gustaban a todo el mundo, obviamente, pero a las señoras que les gustaban, les gustaban muchísimo. Así se formó su grupo, hoy casi cerrado –las señoras de verdad no son muy numerosas, después de todo– en el que reinan sus musas, esa media docena de señoras de las que no quiere dar ningún nombre. Me dice que él se siente como un ginecólogo, como un cirujano plástico, que sirve devotamente a sus damas en secreto. “Una persona como yo, es como une petite robe noire, o un collarcito de perlas: no puede faltar en el guardarropa de una dama. Me he resistido todo lo que he podido, pero, al final, debo asumir que soy una persona de servicio.”

Zynaïde Zhorn